‘Era una chica muy mona (AAAAA) que vivía en Barcelona’. Hay momentos que, por sí solos, ya valen un concierto. Miguel Costas nos teletransportó, a golpe de acorde y originalidad, a su Miña terra galega. Treinta años después, estas canciones siguen sonando a gloria.
Dos personas (con una espalda a prueba de bombas), muchas horas de trabajo, imaginación y talento. Mucho talento. Y no menos curiosidad para traer hasta España, aquí y ahora, unas prácticas desconocidas del lejano Oriente, miles de años y kilómetros después. El objetivo es animalizarse para transmitir acciones y estados de ánimo; convertir en creíble lo irreal.